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El PSOE aprende la lección

16/4/2019

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El 28 de abril España vuelve a las urnas tras un convulso periodo que inicia en 2015, marcado por la fragmentación política y la dificultad de formar un gobierno estable, con cuatro factores clave: uno, la irrupción de nuevos partidos fuertes como Podemos y Ciudadanos (a los que ahora se une VOX); dos, el proceso que obligó a convocar elecciones generales en 2016 para poder consolidar una mayoría; tres, la moción de censura que entregó el poder al bloque de izquierda, encabezado por Pedro Sánchez; y cuatro, la convocatoria de elecciones anticipadas que ahora nos ocupa.

Desde el año 2011, pese a los escándalos de corrupción que salieron a la luz, el Partido Popular se caracterizó por saber capitalizar el descontento social provocado por la crisis económica, a lo que se unía la intención mayoritaria de apoyar a los partidarios de fortalecer la identidad nacional y defender la unidad, ante los desafíos independentistas, un hecho que también catapultó a Ciudadanos, convirtiéndoles hace tres años en la llave definitiva para formar gobierno.

Además, el PP y Mariano Rajoy supieron compensar su desgaste como partido en el poder aprovechando el primer factor mencionado anteriormente, la irrupción de los nuevos partidos, especialmente Podemos, que dividía aún más a la izquierda, empequeñeciendo al PSOE y devorando a Izquierda Unida, para mantenerse como la fuerza más votada en las elecciones de 2015.

El último éxito del Partido Popular llegó tras aquel difícil proceso, en el que Mariano Rajoy se hizo a un lado a pesar de ser el candidato más votado, por no contar con suficientes apoyos para su investidura; mientras que Pedro Sánchez sí aceptó el encargo del Rey, pero terminó fracasando, como era previsible, llevando al país a nuevas convocatoria de elecciones generales en 2016. Un proceso en el que el PP salió fortalecido, siendo el partido que más creció respecto a 2015. 

Desde entonces, Rajoy continuó con su inevitable deterioro, y el PSOE y Podemos se dieron cuenta de que, enfrentados, siempre dejarían en bandeja al PP ser la opción más votada. Ni el PSOE pudo controlar el crecimiento de Podemos, ni Podemos pudo convertirse en el referente de izquierda, tal y como pretendían, porque los socialistas lograron mantenerse por encima de la formación de Pablo Iglesias, gracias a su fuerte estructura y núcleo duro.

Ya en el año 2018, y con el bloque de izquierda unido, la histórica moción de censura invalidó la mayoría PP-Ciudadanos, devolviendo al PSOE al poder, con Pedro Sánchez como presidente del gobierno, con una estrategia marcada por el interés en fortalecer la relación con Podemos, aprovechar el discurso moderado de Ciudadanos para hacerles ver como una opción innecesaria, y aprender de los errores del pasado para debilitar al PP con el auge de VOX.

Por su parte, el Partido Popular hizo un esfuerzo de transformación, tras la derrota de Soraya Sáenz de Santamaría a favor de Pablo Casado, como nuevo presidente del partido. Un buen líder para lo que exige la política actual, pero no tanto para el interior de un partido acostumbrado a otro tipo de perfiles.
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Desde el momento en que Sánchez se convierte en presidente del Gobierno, los estudios de intención de voto muestran un claro punto de inflexión, en el que el PSOE comienza a ascender y Ciudadanos frena bruscamente su tendencia alcista, mientras que el PP continúa su caída, y Podemos consigue recuperarse levemente.

La llegada del PSOE al poder cambia el panorama político, los socialistas aprenden la lección, hacen bloque con la izquierda, en lugar de distanciarse, posicionándose como voto útil moderado, y debilitan a Ciudadanos y al PP quedándose con votantes de la vertiente más progresista de estos partidos, y dando protagonismo a VOX (a través de la crítica), para que se queden con el voto más conservador, fragmentando aún más a la derecha.

De todos modos, a día de hoy no hay un bloque dominante ni inquebrantable, existen diferentes opciones para conformar mayorías, y estudios que eran considerados como fiables, como el CIS, pierden credibilidad, sobre todo por sus dificultades para medir el impacto de los nuevos partidos.
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Por ese motivo, estamos ante un proceso abierto, en el que no sirve pensar en ‘modo partido’, sino que es necesario hacerlo con una visión más global.

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    Miguel Ángel Matilla Blanco:
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    asesor de comunicación estratégica; formador; escritor

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